Para muchos caminantes, el Camino termina en Santiago de Compostela. Para otros, esa llegada despierta el deseo de continuar. La ruta hacia Finisterre, el antiguo "finis terrae", te lleva más allá del destino simbólico del Camino, por senderos que se vuelven progresivamente más tranquilos y cercanos al océano.
Dejando atrás Santiago, caminas entre las colinas verdes, los bosques y las aldeas rurales de Galicia, acercándote poco a poco a la costa atlántica. La atmósfera cambia día a día: las multitudes se reducen, los paisajes se abren y el ritmo se vuelve más lento y reflexivo. Es un viaje de transición y de cierre al mismo tiempo — menos transitado, más íntimo y marcado por una profunda sensación de amplitud.
Continuar hasta Finisterre — y, si lo deseas, hasta Muxía — ofrece un final diferente. Un final modelado por el viento, la luz y los horizontes abiertos, donde el Camino se encuentra con el mar y los últimos pasos se sienten a la vez limitados e inmensos.










